La mayoría de nosotros ya  hemos vuelto de las vacaciones donde hemos estado, o al menos así lo esperamos, despreocupados de lo que pasaba en la economía, en los mercados, con la inflación… o con otros datos que, querámoslo o no, terminan afectándonos.

Mientras estábamos en la playa, contemplando una bello monumento, ascendiendo una empinada montaña, o, simplemente, durmiendo una siesta (las del verano son las mejores), la economía siguía bullendo.

En este post vamos a tratar de resumir lo más importante de lo que ha pasado, ya que su rastro perdurará a lo largo del otoño que se acerca.

Este verano nos ha deparado noticias contradictorias.

Si, por un lado España creció en el segundo trimestre del año un 0,6 %, un 1,2% en tasa interanual, la zona euro quedó estancada, destacando los resultados de Alemania e Italia, que retrocedieron un 0,2% en el trimestre, y de Francia, cuyo crecimiento fue nulo.

El dato del crecimiento de la economía española ha tenido su clave en el consumo interno y la inversión. La demanda interna aportó al crecimiento del PIB un 1,9%, mientras que en el trimestre anterior lo hizo en un 0,7%.

Sin embrago las exportaciones contribuyeron negativamente, un -0,7%, mientras que en el trimestre anterior lo habían hecho un -0,2%. Recordemos que durante 2013 fueron las exportaciones el motor de la economía española.

Uniendo los dos conjuntos de datos anteriores la duda es si el estancamiento de la eurozona terminará afectando a la economía española. El Gobierno cree que no y va a revisar al alza sus previsiones de crecimiento para este año que estima que será del 1,5% este año y del 2% el próximo, cuando las anteriores estimaciones eran del 1,2% y del 1,8% respectivamente.

Las dudas de que se puedan cumplir las expectativas de Gobierno surgen por un lado de las exportaciones, muy dependientes de la evolución de la economía de la eurozona, su principal destino, y de la evolución de la inflación.

España, como se puede ver en el gráfico, lleva 12 meses con tasas de inflación por debajo del 1%, cuatro de los cuales han tenido una inflación negativa, habiéndose acentuado la tendencia a la baja en los últimos meses.

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Por su parte, la tasa de inflación en la zona euro ha sido del 0,3% en agosto, frente a un 0,4% de julio.

Ante este fenómeno se ha mostrado una cierta resistencia de economistas y autoridades económicas a reconocer el peligro de que estemos entrando en deflación y se ha acuñado un nuevo término, “baja inflación”.

Más allá de discusiones nominalistas, está claro que en España la tendencia es a instalarse en la deflación. Si esta posibilidad llega a consolidarse corre peligro el hecho de que el consumo interno siga siendo el motor del crecimiento, ya que uno de los efectos de la deflación es aplazar las compras a la espera de que los precios aun bajen más. Sobre los peligros de la deflación ya hablamos en el post ¿Baja inflación o deflación?” y a él nos remitimos.

Mario Draghi, que hasta ahora había afirmado que las expectativas de inflación en la zona euro estaban firmemente ancladas en el entorno del 2%, objetivo del BCE, ahora ya no está tan seguro de que sea así y se ha mostrado dispuesto a tomar medidas adicionales a las que tomó antes del verano que, recordemos, fueron,

  • una nueva barra de liquidez de 400.000 millones de euros condicionada a que el crédito legue a la economía real,
  • aplicación de tipos negativos a los depósitos de los bancos en el BCE con la intención de que el dinero de los banco se desplazase hacia el crédito. (A juzgar por los últimos datos el exceso de liquidez se ha desplazado más bien hacia las Letras del Tesoro a tres y seis meses, que alcanzaron la semana pasada mínimos históricos de rentabilidad),
  • bajar hasta el 0,15% los tipos de interés.

Las medidas excepcionales que el BCE puede tomar serían imitando la “expansión cuantitativa” que hace años puso en marcha la Reserva Federal de EE.UU. y que en estos momentos está a punto de finalizar. La expansión cuantitativa consiste esencialmente en la compra de activos públicos y privados. Dado que el BCE tiene prohibido estatutariamente la compra de deuda pública, su programa se centraría en títulos privados, con ello aumentaría la liquidez y, probablemente, la inflación como sería la intención de las autoridades monetarias.

El criterio de Mario Draghi es que las medidas excepcionales por parte del BCE deberían coordinarse con medidas fiscales y de inversión de los estados. Además Draghi dijo textualmente “las medidas estructurales nacionales que puedan abordar estos problemas ya no pueden ser retrasadas. Esta agenda reformista abarca el mercado de trabajo, el mercado productivo y acciones para impulsar los negocios”. La alusión explicita de Draghi a la situación del mercado laboral español hace patente que las presiones de las autoridades europeas para que se efectúe otra nueva reforma laboral en nuestro país se agudizarán dependiendo, eso sí, del calendario electoral.

Por último, y siguiendo dentro del panorama macroeconómico, hay que destacar la marcha de déficit público.

En julio el déficit de la Administración central se situó en el 3,08%, un 13 % menos que en julio del año pasado. En cifras absolutas esto supone 32.050 millones de euros de déficit.

Esta reducción del déficit se ha debido a un aumento de los ingresos fiscales, 5,4%, y a una disminución del gasto público (gastos no financieros, un -2,6%, consumos intermedios, un -19,5%, transferencias corrientes, un -9,2%). No obstante creció significativamente el pago de intereses de la deuda pública, un 5%, a pesar de la bajada de tipos y debido al aumento de su volumen.

 

 

 

 

 

 

 

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