El pasado día 12 entró en vigor la tercera ronda de sanciones que la Unión Europea ha impuesto a Rusia. Estas sanciones, como las anteriores, han estado coordinadas con otras impuestas por EE.UU. y las de ambos lados del Atlántico tienen prácticamente el mismo contenido.

La justificación de la Comisión Europea dice textualmente, y entre otras cosas, que “la Federación Rusa y la Unión Europea tienen importantes intereses comunes. Ambos se beneficiarían mucho de un diálogo abierto y franco, del aumento de la cooperación y de los intercambios. Pero no podemos seguir por este camino después de que se haya anexionado ilegalmente Crimea, y después de que Federación de Rusia apoyase la revuelta armada en el este de Ucrania, desatando una violencia que mata a civiles inocentes”.

El contendido de esta última ronda de sanciones en el mismo sentido que las anteriores agravándolas.

Resumidamente las sanciones afectan a

  • la financiación a las empresas petroleras rusas controladas por el Gobierno ruso,
  • a las operaciones de los bancos europeos y americanos con bancos y empresas rusas,
  • a 119 personas físicas y 23 empresas rusas que no podrán comerciar con occidente o tener cuentas en sus bancos,
  • a la exportación de bienes, servicios y tecnología que puedan ser utilizados en proyectos petrolíferos en aguas del Ártico y en rocas de esquisto en el interior de Rusia.

Lo que más ha llamado la atención de los analistas es que las nuevas sanciones concedan una gran importancia a la explotación petrolífera del Ártico y a las tecnologías para la explotación del esquisto cono fuente de gas y petróleo.

Las explicaciones que se dan a ello van mucho más allá del conflicto ucraniano.

El deshielo de los casquetes polares, consecuencia del calentamiento global y de cuyas consecuencias gravísimas para la humanidad vienen advirtiendo desde hace mucho tiempo los expertos en el cambio climático, está siendo aprovechado por la potencias limítrofes al Ártico no para tomar medidas contra ello sino para explorar nuevas rutas de navegación y explotar los recursos naturales que existe bajo el hielo polar.

Y en esto están tanto EE.UU. como Rusia, así como otras potencias, entre ellas Canadá.

Desde esta perspectiva las sanciones impuestas a Rusia son contempladas como un límite a su competencia en esa lucha por los recursos naturales.

Algo parecido ocurre con el embargo de las tecnologías que permiten el tratamiento del esquisto con fines energéticos. Rusia tiene en Siberia las mayores reservas de estas rocas pero no la tecnología adecuada para su explotación.

Hay que recordar que EE.UU. ha conseguido su autosuficiencia energética, tanto en lo que se refiere al petróleo como al gas, gracias al esquisto y al fracking y en estos momento está en condiciones de exportar gas y petróleo a Europa que tienen en Rusia su principal proveedor.

De esto ya ha tomado nota el Gobierno español que se ha ofrecido al estadounidense para que España sea la vía de entrada del gas licuado americano en Europa. España cuenta para ello con ventajas claras dado que tiene el mayor número de plantas regasificadoras de Europa y el gaseoducto que nace en Argelia y llega hasta Almería, Medgaz, ya se ha extendido hasta la frontera francesa y en poco tiempo, si el Gobierno francés diera su visto bueno, podría empalmarse con las redes gasisticas europeas.

De acuerdo con lo anterior, las sanciones tienen un alcance estratégico que, como decíamos, va mucho más allá de la guerra de Ucrania que, por otra parte, parece que ha entrado en vías de acuerdo justo antes de que se impusiesen las últimas sanciones.

No obstante, de forma inmediata o a corto plazo las sanciones ya están teniendo efectos.

Por una parte muchas empresas europeas y americanas ven que muchos acuerdos o negocios que tenían con Rusia se pueden ver afectados gravemente. En este caso estarían el monstruo petrolero americano ExxonMobil, que tiene acuerdos con empresas rusas para explotar los recursos del Ártico, y la francesa Total que ha firmado acuerdos con la rusa Lukoil para explotar el esquisto de Siberia.

Y, aunque no están identificados, también los bancos europeos y americanos se verán afectados ya que eran los principales prestamistas tanto al Estado ruso como a sus empresas más importantes y aquí estamos hablando de cifras astronómicas que algunos analistas fijan entre 150.000 y 180.000 millones de euros solamente en vencimientos de este año.

Por otra parte la reacción rusa a la segunda ronda de sanciones de la Unión Europea ya está causando daño a la industria agroalimentaria europea, especialmente a la de los países del Este, Polonia, y a los del Sur, España entre ellos.

Todavía no se conocen las contramedidas que Rusia tomará por la tercera ronda de sanciones pero se habla de que podrían afectar a

  • la importación de automóviles,
  • los productos de la industria ligera,
  • a los gigantes aeronáuticos Airbus y Boeing a los que Rusia compra gran parte de sus aviones comerciales,
  • y a las comunicaciones aéreas prohibiéndose el paso de los vuelos occidentales por el espacio aéreo ruso.

En un momento en el que Europa bordea la recesión no parecen estas las mejores noticias ya que las exportaciones son el punto fuerte de Europa, de Alemania especialmente, y la pérdida, aunque sea parcial, de un mercado tan importante como el ruso lo único que provocará será un agravamiento de las condiciones del paupérrimo crecimiento europeo.

Ello sin contar la dependencia energética que los países del Centro y Este de Europa tienen del gas y petróleo ruso que si en el caso de Alemania es del 30%, hay países en el que esa proporción supera el 90%. Si llega el invierno, el gran aliado de Rusia en todas las guerras de su historia, algunos países pueden pasar mucho frío. Estamos hablando de temperaturas bajo cero.

Los anteriores pueden ser motivos más que suficientes para que las partes en conflicto lleguen a un acuerdo. Pero hay otro que es el principal, una guerra en Europa, aunque las potencias actúen en ella por “delegación” en otros países, es sumamente peligrosa pudiendo causar daños a la estabilidad política y económica de Europa y, por supuesto y por encima de todo, puede costar muchas vidas humanas.

 

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