Una de las afirmaciones que más se han repetido en los últimos tiempos ha sido el cambio radical que se ha producido en nuestra balanza comercial, que mide las diferencias entre los bienes que importamos y los que exportamos.

Si observamos los datos de un periodo amplio nos encontramos que el déficit de nuestra balanza comercial fue en 2007 de cerca de 100.000 millones de euros y que, a partir de entonces, se redujo hasta los 15.000 millones en 2013.

Esta evolución tan positiva se debió al aumento de las exportaciones pero también, y de forma muy significativa, a la caída de las importaciones.

La caída de las importaciones estuvo directamente relacionada con el consumo interno que evolucionó negativamente en el periodo 2008-2011 y cayó un 12,1%.

Si durante los años anteriores el PIB no cayó en la misma proporción que lo hacia el consumo se debió precisamente a la mejora de las exportaciones.

Así, la buena marcha de la exportaciones permitió que su aportación al crecimiento del PIB fuese positivo compensado en parte la caída del consumo interno.

Además las exportaciones llegaron a cubrir en 2013 hasta el 90% nuestras importaciones, si añadíamos los ingresos por turismo, que no están incluidos en la balanza comercial sino en la balanza de servicios, España tuvo superávit en el conjunto de la balanza de pagos con el exterior.

Es más, si a la importaciones españolas les restásemos las de energía nuestra balanza comercial hubiera tenido superávit en algunos periodos de los últimos años.

Las exportaciones españolas no solo crecieron sino que se diversificaron. Siendo la Unión Europea el principal destino de las mismas, los empresarios españoles fueron capaces de ampliar sus mercados en Latinoamérica, África y Oriente.

Entre los economistas hay una discusión sobre cuál es el momento y las causas de esa mejora de las exportaciones.

Los datos oficiales nos dicen que entre 2009 y 2012 las exportaciones españolas crecieron un 23,4%, un porcentaje superior que el resto de la zona euro.

De acuerdo con lo anterior muchos economistas se plantean los efectos beneficiosos de la llamada “devaluación interna”, esto es la reducción del impacto de los costes de producción en los bienes exportados. La “devaluación interna” se consigue principalmente mediante la reducción de los costes salariales, la mejora de la productividad y la disminución de las cargas fiscales y sociales que afectan a dicha producción.

Teniendo en cuenta que la última reforma laboral se realizó en 2012 es lógico que se planteen las dudas sobre los efectos de la misma en el crecimiento de las exportaciones, más si consideramos los últimos datos conocidos de nuestras exportaciones que desde el segundo semestre de 2013 “han mantenido una tendencia a la baja” tanto en volumen como en valor, según el analista de FUNCAS Juan José Laborda.

De acuerdo con los datos del Gobierno al finalizar el mes de mayo de este año las exportaciones españolas habían descendido un 1,3% en términos interanuales mientras que las importaciones han seguido una tendencia creciente siendo la diferencia entre mayo de este año y el del año pasado de un 7%, de tal manera que el déficit comercial del mes de mayo del año pasado fue de 27 millones de euros y el del mes de mayo de este año ha sido del 1.756 millones de euros (se exportó por valor de 20.642 millones de euros y se importó por valor de 22.382 millones de euros).

Como causas de ese retroceso de nuestra balanza comercial se apuntan varias.

Por el lado de las exportaciones

  • La alta cotización del euro,
  • La caída de los mercados emergentes, principalmente latinoamericanos,
  • La atonía del crecimiento de la zona euro, principal destino de nuestras exportaciones,
  • El estancamiento del comercio mundial.

Y por el lado de las importaciones la causa principal se atribuye al aumento del consumo interno que tiene una vertiente positiva ya que en buena medida una  parte del incremento de las importaciones ha sido en bienes de equipo, los que las industrias utilizan para su producción, lo que indica que los empresarios españoles que las han hecho tiene expectativas positivas de cara al futuro.

En cualquier caso la aportación de nuestro sector exterior al crecimiento del PIB en el primer trimestre del año ha sido negativa.

Todo lo anterior nos obliga a algunas reflexiones.

La primera es que no está tan claro que la alta cotización del euro sea negativa para la economía española ya que gran parte de nuestras exportaciones van a la zona euro, y ahí la cotización del euro tiene un impacto neutro. Por otra parte, la partida más importante de nuestras importaciones es la energética y, en este caso, la fortaleza del euro nos favorece. Habría que comparar lo que nos aumentaría la factura energética con lo que ganaríamos exportando a otros países fuera de la zona euro si la moneda se devaluase. Dadas las fluctuaciones de los precios de la energía, en este momento al alza, esa comparación no es sencilla.

Todos los economistas que han estudiado la evolución de la economía española a lo largo de los últimos 70 años coinciden en que ha dependido siempre y en muy alto grado de la evolución de las economías de su entorno, de tal manera que si esta evolución era positiva también lo era la de España, dándose el caso de que en los momentos de expansión España crecía más que el resto de sus socios comerciales pero también decrecía más en los momentos adversos, pero siempre el crecimiento fue más fuerte que las crisis.

Obviamente la crisis actual no tiene parangón, ni en sus dimensiones ni en sus causas, con otras anteriores que no sea la de 1929, pero el modelo sigue siendo el mismo. Es decir, mientras no haya una reactivación de Europa, que solamente puede ser impulsada por Alemania y los países de la zona con superávit comercial, la economía española podría seguir teniendo una trayectoria errática.

Por último, pero no lo menos importante, debemos mencionar la relación de nuestra balanza comercial con la deuda pública. Esta última sigue creciendo, si la balanza comercial se deteriora la conclusión es obvia: tendremos más necesidad de endeudarnos con el exterior y más dificultad para pagar una deuda ya de por sí bastante difícil de pagar, más difícil aún si lo que hay es baja inflación o, aún peor, deflación.

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