Querulante es un término bastante desconocido fuera del argot de los abogados. No así lo que dicho término significa, que es perfectamente conocido de todos. La querulanciaes un mal hábito exclusivo de los abogados. El abogado querulante es aquel que pone de manifiesto una excesiva facilidad para acudir continuamente a los tribunales, interponiendo precipitadamente toda clase de pleitos y demandas por cualquier nimiedad, incluso a sabiendas de que muchos de ellos no prosperarán, quizá por la falta de una debida preparación, quizá por la trivialidad del asunto, quizá por no haber agotado los recursos extrajudiciales previos. Así, querulante es un término formal que bien podría intercambiarse por pendenciero.

El mismo Código Deontológico, conocedor de la tradicional persistencia de este problema, prescribe en el Apartado 11 del Artículo 13: “El Abogado tiene la obligación, mientras esté asumiendo la defensa, de llevarla a término en su integridad, gozando de plena libertad de utilizar los medios de defensa, siempre que sean legítimos y hayan sido obtenidos lícitamente, y no tiendan como fin exclusivo a dilatar injustificadamente los pleitos”. Esto supone que la detestación de la pendencia constante y la trifulca judicial continua no sólo constituye un principio general, más o menos abstracto, sino que se ha positivado en una norma de naturaleza deontológica, aplicable a los abogados colegiados de todo el territorio nacional, y que puede tener incluso consecuencias de carácter sancionador por su incumplimiento.

En cualquier caso, es fácil comprender que un buen abogado no puede sino anteponer los intereses legítimos del cliente a los suyos propios, entendiendo bien que el interés principal del cliente es la solución de su caso, en el plazo de tiempo más breve posible, y utilizando los medios menos costosos, entendiendo menos costosos no sólo desde el punto de vista económico, pero especialmente éstos. En otras palabras, el interés del cliente no es sostener indefinidamente un pleito estéril, sino lograr el reconocimiento de sus derechos.

Especialmente esto es notorio en el ámbito de la gestión de impagos, donde la negociación y los recursos extrajudiciales pueden jugar un papel decisivo a la hora de recuperar la cantidad debida. La distancia infinita que media entre solvencia y liquidez es un principio básico, de cuyo equilibrio depende el sostenimiento y progreso económico de cualquier entidad. Más vale una deuda saldada que cien créditos disputados, porque, ¿de qué sirve ir a la quiebra cargado de razón?

Desde Libroley tenemos muy presente que la actividad del abogado va mucho más allá del mero litigio ante los tribunales. Sin descartar este último recurso, somos especialistas en la gestión pacífica de créditos, a fin de salvaguardar los derechos de todas las partes, pero especialmente los intereses de nuestros clientes. Porque sabemos que la querulancia estéril no puede sino desembocar en el desprestigio de la profesión, la saturación de los tribunales y el truncamiento de las expectativas del cliente, por eso nos hemos especializado en la búsqueda de soluciones pacíficas extrajudiciales. Y la experiencia de años nos confirma en este criterio.

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