La semana pasada el Instituto Nacional de Estadística publicó el dato adelantado del IPC en el mes de junio, un 0,1%, una decima inferior al mes pasado, como se puede ver gráfico. Junio sería el décimo mes con tasas de inflación cercanas a 0.

Según Eurostat, la oficina estadística europea, la cifra adelantada de inflación para junio de la zona euro ha sido del 0,5%, dos décimas por debajo de la mayo que fue de 0,7%.

Aunque los datos son todavía provisionales y habrá que esperar unos días para su confirmación, han vuelto a poner sobre la mesa la discusión sobre si estamos entrando en deflación o, simplemente, estamos en un periodo prolongado de “baja inflación”. Este último concepto “baja inflación” es nuevo y es otro más de los que ha ido acuñando la crisis para describir fenómenos hasta ahora insólitos o para ser utilizados como eufemismos para eludir llamar a las cosas por su nombre.

En este caso se insiste en que “baja inflación” no tiene nada que ver con deflación, pero tanto economistas como instituciones están de acuerdo en que un periodo largo de baja inflación puede tener efectos muy negativos sobre la recuperación económica.

Sea cual sea la denominación que le demos al fenómeno está claro que preocupa seriamente a las autoridades económicas y monetarias tal y como puso de manifiesto la última reunión del Consejo de Gobierno del BCE en la que se tomaron medidas con la vista puesta en el peligro de que Europa entre en deflación: bajada de los tipos de interés, nueva liquidez condicionada a que la financiación llegue a la economía real, tasas de interés negativas para los depósitos y, lo que es más importante, el BCE está estudiando la compra de activos, expansión cuantitativa, tal y como ha venido haciendo la Reserva Federal Americana, FED.

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Hasta ahora la preocupación había sido que se desencadenase el proceso contrario, alta inflación, debido sobre todo a la influencia que sobre las políticas económicas europeas ha tenido y tiene Alemania. En la memoria de los alemanes está muy presente el recuerdo traumático de la hiperinflación que se produjo en los años 1921-1923. Ese último año la inflación alcanzó la astronómica cifra del 726.000.000.000%. Con tales cifras de inflación los salarios perdían valor nada más ser cobrados, los ahorradores perdieron sus fondos y se produjeron trastornos económicos muy graves y una situación de desconcierto entre la población de la que nos ha dado cumplida cuenta la historia, la literatura y el cine.

Pero por muy traumáticos que sean los recuerdos de los alemanes, lo que se ha puesto en evidencia en los últimos meses y que ha tardado en ser aceptado es que el peligro actual de Europa no es una inflación alta, alejada por encima del 2% que tiene como objetivo la política del BCE, sino la baja inflación o deflación.

La deflación se podría definir como una situación en la que los precios de hoy son más bajos que los de ayer pero más altos que los de mañana y sus efectos son muy perniciosos.

En una situación de deflación se articula una especie de círculo dañino cuyo funcionamiento provoca una caída del consumo, se aplazan las compras porque mañana los precios son más baratos, lo que lleva a una caída de la inversión productiva y de la producción debido a la reducción de los márgenes empresariales, lo que, a su vez, produce más despidos y paro, lo que lleva de nuevo a una caída del consumo… y así, en espiral, a una depresión o estancamiento económico.

Al contrario que la inflación que favorece a los deudores, uno de los efectos de la baja inflación y de la deflación es que aumenta el valor real de las deudas y hace más difícil el pago de las mismas lo cual es especialmente grave en el caso de España debido al alto endeudamiento del Estado, las familias y las empresas.

Un ejemplo que nos ayuda a comprender esto es el de las hipotecas. En deflación la deuda aumenta su peso mientras que el valor del bien hipotecado cae lo que puede producir, como pasó en Japón, un incremento de los impagos ya que llega un momento en que la deuda es superior al valor del bien en garantía.

Combatir los procesos deflacionarios no es una tarea sencilla sobre todo cuando los tipos de interés de los bancos centrales están prácticamente en cero, no caben nuevas rebajas que haga más barato el crédito y se impulse la economía. Incluso es dudoso que las políticas de expansión cuantitativa que han aplicado la FED y el Banco del Japón y que tiene en estudio el BCE tengan los efectos deseados en Europa. En estos momentos ya existe exceso de liquidez como demuestran las subidas bursátiles y la baja prima de riesgo que están pagando los países europeos, incluida la propia Grecia que está colocando deuda pública en los mercados a pesar de que ya asciende al 180% de su PIB.

Japón entró en deflación en los años noventa y su economía sufrió más de 20 años de estancamiento, ahora, con las medidas que tomó en su día el primer ministro Shinzo Abe, la “abeconomía”, el problema de la larga deflación parece que empieza a remontar, pero todos los economistas están de acuerdo en que con la deflación nos adentramos en un espacio relativamente desconocido en el que las disposiciones económicas adecuadas no están claras ni en su contenido ni en sus efectos.

 

 

 

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